Curiosidades

El corrector de Cervantes

Miguel Cervantes Saavedra

Murcia de La Llana, corrector de Su Majestad

Siendo un hecho constatado que muchos ignoran hoy en día la existencia del corrector como figura profesional, no resulta nada extraño que muy pocos sepan (algunos correctores actuales incluidos) que autores como Cervantes vieron sus obras revisadas por un corrector.

En realidad, la primera referencia documentada de la profesión llamada “corrector de libros” es de 1565, momento en que Miguel de Cervantes contaba 18 años de edad. Posteriormente, se posee más información sobre el puesto de “corrector general de imprentas”, que era nombrado por el rey, y cuyas atribuciones quedaron legalmente establecidas bajo el mandato de Felipe II.

Felipe II

En el caso concreto de Cervantes, la revisión de su obra recayó en el licenciado Francisco Murcia de La Llana, médico, corrector de Su Majestad y auténtico iniciador de una estirpe de correctores por cuyas manos pasó la mayor parte de las obras publicadas en el siglo XVII y parte del XVIII. Cabe ahora recordar que nos estamos refiriendo a ese período histórico conocido como el Siglo de Oro, en el que destacaron figuras literarias, además del mencionado Cervantes, de la talla de Francisco de Quevedo, Tirso de Molina, Lope de Vega o Calderón de la Barca, entre otros. Murcia de La Llana desempeñó su labor durante los reinados de Felipe III y Felipe IV hasta su muerte, en 1639.

Francisco Murcia de La Llana ejercía como corrector ordinario y catedrático de Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares compaginando estas tareas con las de traductor y compilador de obras clásicas.

En 1604, se le presentó el manuscrito de una novela, El Quijote, para su revisión. Hecha esta, no encontró errata alguna en ella (no había pocas, además de omisiones) y la rubricó con su famoso “Este libro no tiene cosa digna de notar que no corresponda con su original”.

Francisco estableció su residencia en Madrid en 1607, y el monarca Felipe IV le nombró corrector real dos años más tarde con un sueldo anual de alrededor de 140 ducados. En 1635, el rey le concedió la merced de poder otorgar a uno de sus hijos el título de corrector ya fuera en vida o tras su fallecimiento, cosa que hizo. De ese modo, dio comienzo la mencionada estirpe de correctores hasta finalizar en Carlos Murcia de La Llana, del que se tiene información sobre su actividad como corrector por un libro publicado en 1726. La fe de erratas de esta obra (supuesta tarea de Carlos) no llegó a imprimirse, pero el corrector no ahorró críticas hirientes contra la edición y contra el propio autor, para el que incluso compuso unas coplillas con las que, poco más o menos, le tachaba de iletrado.

Volviendo al corrector de Cervantes, familiar de Carlos (¿abuelo?), la calidad de su quehacer profesional resulta controvertida cuando menos. Así, Tirso de Molina le menciona en su obra Cigarrales de Toledo de la siguiente manera:

“Era Francisco Murcia de la Llana médico de profesión y, a la vez, corrector de su Majestad ya desde la primera parte del Quijote (1604) y prosigue con las obras de Lope. En 1635 testa a favor de su hijo homónimo. Cobraba en torno a 140 ducados anuales por este oficio, que desempeñaba sin demasiadas precisiones”.

Tirso de Molina

 Sin embargo, el poeta y dramaturgo Antonio de Solís y Rivadeneyra le dedicó estos versos:

“Venga el pincel, y el pincel

sea un Murcia de la Llana,

que de mi cuerpo no enmiende,

sino apunte, las erratas”.

 

Este breve artículo no tiene cosa digna de notar que no corresponda con su original.